Venecia: El ángulo del martirio (de Tintoretto a Bowie)

Por Carlos G. Pranger

Aterrizar en el Marco Polo es una lobotomía de estacas clavadas. El tren de aterrizaje golpea el asfalto y el cuerpo se vacía, quedando hueco, esperando el relleno de esa sopa veneciana de vapor, grasa de motor y el perfume dulzón de las algas pudriéndose bajo los cimientos. No suenan violines de Vivaldi, puto Yngwie Malmsteen, pensé. En su lugar, una percusión de ojos saltones, observando teléfonos en un sinfín de idiomas y ruedas de plástico sobre el empedrado; el traqueteo de dientes y maletas baratas es la banda sonora del siglo XXI.

Llevaba un libro de Joseph Brodsky en el bolsillo de la chaqueta, deformando la tela, como si fuera una pistola cargada. Marca de agua. Lo manoseaba por superstición; creía que frotar una pata de conejo en un campo de minas haría que su prosa hiciera el trabajo sucio: comprarme un instante de verdad, blindarme contra la horda de turistas oligofrénicos que se fotografían comiendo helados frente a la eternidad. Pero la ciudad exige sumisión. Aquí no se viene a leer; se viene a aceptar el papel de extra en una película sobre un hundimiento a cámara lenta.

Subí al taxi acuático tras negociar una donación futura de ambos riñones con un tipo pálido que no dejaba de reírse. El casco golpea contra la ola corta: tuf, tuf, tuf. Ese latido manda. La lancha rajaba el canal y se me cruzaban los cables: la entrada fúnebre de Visconti y el salto al vacío del chico de Sorrentino, en Nápoles. Mahler y la elegancia frente al contrabando. Belleza y náusea. Dos formas de entrar en la herida. El patrón aceleró al acercarse al embarcadero, dando tumbos sobre el agua; el humo del diésel tapó el aire, y vi las manos de los amarradores: nudosas, con uñas negras, manos que sabían que esta ciudad flotaba sobre madera y la mugre acumulada de diez siglos; menos mal que no administran supositorios.

A cada paso, la ciudad me iba tragando. Venecia tiene esa capacidad de succión, un vacío acústico donde no existen los coches ni las bicicletas ni esa plaga de patines eléctricos que ha infectado el resto del continente. Sin ese ruido moderno, el silencio se vuelve una lija. No era un turista de cóctel y polvareda rápida, ni uno de esos eruditos que bajan a la Bienal a meterse su ración anual de cocaína sobre el mármol de un palazzo en ruinas. Yo solo era un tipo con una mochila fabricada en China —medidas exactas para cabina, el estándar de supervivencia de la clase media aspiracional— sintiendo cómo las correas me mordían los trapecios.

Caminaba sin saber si buscaba un objetivo o si simplemente me asomaba a la nada. Pero en el zumbido constante de los canales y de los edificios a medio caerse, el eco de la ciudad me hablaba de un pasado de limo. La historia de Venecia no son los nombres típicos de los libros ni las epidemias; es una secuencia de gestos sucios y sonidos que todavía chapotean en el agua estancada. Es el ruido de un fardo arrastrado por el muelle, el siseo de un cuchillo en un callejón, el carraspeo de un tintorero que escupe en el canal.

La pensión era un freak show doméstico. Los pasillos, irregulares, desafiaban la geometría más elemental, mientras los cuadros de tormentas y caza permanecían torcidos en las paredes. La luz, amarilla y de ictericia, proyectaba sombras imprecisas y te devolvía al espejo con la cara de un enfermo terminal. La decoración carecía de importancia. No había pretensiones, solo la supervivencia en un espacio donde la decadencia era rutina. Tras recoger la documentación, dejé la mochila sobre la cama y el libro en la mesilla, sin abrirlo. Me quedé escuchando el crujido de las tuberías, esas gargantas de plomo que tragaban fango con paciencia para que luego la casa exhalara un aliento rancio.

En el rellano, el aire cambió de densidad. Oí voces. No era el murmullo de clientes quejándose por la falta de wifi, sino un fraseo rítmico, una salmodia. Eran ellas: las dos prostitutas que, ya más que inquilinas, se habían convertido en parte del mobiliario emocional del lugar. Las vi al registrarme. Batas de felpa rosa, tazas de café con cercos y un cenicero que parecía un cementerio vertical. Una de ellas leía en voz alta un ejemplar deslomado de Veronica Franco, mientras la otra marcaba el compás con una uña pintada de rojo desconchado, corrigiendo la rima con una precisión que sugería que su vida misma dependía de ese ajuste. En Venecia, la carne y el verso siempre han compartido el mismo barro.

Salí a la calle exigiendo que Brodsky funcionara. Buscaba su invierno, esa luz gris que él vendía como la única verdad posible. Pero Venecia me escupió sol. Un sol obsceno. Caminé hacia el norte, hacia el puente provisional que une el cementerio de San Michele con la ciudad, porque si el agua es el tiempo, los muertos son los únicos que permanecen secos. Ese pensamiento se coló en mi mente como una forma de justicia en la que, al menos, la muerte no se deshace en el calor. Solo los muertos logran salvarse del sol de Venecia.

Fue allí, en la isla amurallada, donde el mecanismo se rompió y se arregló. Dejé un cigarro apagado sobre la piedra del ruso. Un tributo ridículo. Al mirar la niebla baja que empezaba a comerse los cipreses, entendí que Brodsky solo era el portero de la discoteca. Su frialdad me había llevado hasta la puerta, pero el dueño del local era otro. Caminé hacia la zona evangélica, hacia la tumba de Ezra Pound, y en el espacio negativo entre el poeta exiliado y el poeta fascista, se materializó el fantasma. No fue una aparición. Fue un dato que me golpeó la memoria con la fuerza de un ladrillo prusiano del color de la sangre seca: David Bowie, vestido de The White Duke, lanzando una carcajada mientras recitaba alguno de los cantos de Pound. Habían pasado diez años desde su muerte.

Bowie estuvo allí. Estoy seguro, mucho antes de sus viajes publicitarios. Imaginé su silueta recortada contra el muro: el abrigo largo, el sombrero, esa delgadez de insecto palo alimentado a base de cocaína y pimientos verdes. Brodsky era la teoría del frío; Bowie, la práctica. Un ojo con la pupila dilatada, bicolor, escaneando la historia del pop para robar a espuertas. Brodsky se quedaba bajo las flores marchitas y yo volvería al vaporetto con un nuevo copiloto. Un fantasma que no escribía ensayos, sino que compraba obsesiones: «Ragazzo solo dove vai». No era el arte lo que buscaba Bowie; era la rabia eléctrica de la creación, la intensidad caprichosa de estar siempre un paso por delante.

Tras dejar la tumba de Pound, el aire de San Michele se volvió irrespirable: una gasa densa de humedad que me obligaba a tragar una mucosidad que me escupí directamente el 2 de mayo de 1976, en la estación de Victoria, en Londres. Bowie llegaba allí a bordo de un Mercedes descapotable negro, un bisturí que cortaba la luz gris que caía sobre el semen seco de las moquetas en Inglaterra. Aquello no fue un simple regreso; fue el desembarco del Thin White Duke, ese aristócrata anémico y peligroso, modelado a base de leche, gramos de cocaína y libros de ocultismo nazi. El tipo no era un cantante; era un espectro con el sistema nervioso en carne viva.

El rastro también me lleva a Londres, a 1987, a la galería Colnaghi y luego me regresa aquí. En un arrebato, Bowie entra, paga y se lleva un lienzo oscuro: The Angel Foretelling Saint Catherine of Alexandria of Her Martyrdom. Atribuido a Jacopo Robusti, alias Tintoretto. ¿Por qué ese cuadro? La respuesta me asaltó en un muro de San Polo, frente a un grafiti de un rayo zigzagueante. Bowie no compró religión. Compró un espejo.

Tintoretto fue el primer artista pop. Lo llamaban Il Furioso. El tipo no pintaba; atacaba. Su taller era una fábrica o, mejor aún, una banda de rock, donde el líder marcaba el ritmo y los demás rellenaban los coros y traían a las groupies. Bowie vio en ese cuadro de Santa Catalina la misma diagonal que usaba en sus portadas. Vio a un ángel que no consolaba, sino que ordenaba. Vio la presteza, la técnica de pintar rápido para que la energía no se evapore y el gesto quede fresco como una herida reciente. La rapidez, la fuerza del movimiento, la necesidad de atrapar el instante, lo que se pierde en el aire y lo que persiste en la memoria. Esto es Bowie. Esto es arte sin tregua.

Esa misma mirada escrutó el Tintoretto en Colnaghi. Bowie no buscaba la redención religiosa de Santa Catalina; quería la violencia del gesto, la autoridad de la luz que aplasta la sombra. Porque, al fin y al cabo, Tintoretto también fue un dictador en su taller, un tipo que imponía su voluntad por encima de los gremios y de la academia.

Caminé de vuelta al vaporetto sintiendo el peso de esa coherencia sucia. Venecia es el lugar perfecto para quienes han coqueteado con el abismo y han vuelto para contarlo con una máscara nueva. Brodsky huyó de la bota del Estado; Bowie jugó a calzársela hasta que el cuero le quemó los pies. Y en medio de ambos, la ciudad, con sus canales que parecen venas en una autopsia a cielo abierto, aceptando el fango de todos los fluidos sin hacer preguntas.

Con esa idea taladrándome el cráneo, entré en la Scuola Grande di San Rocco. Pagar la entrada allí es como pagar por una paliza sensorial. Tintoretto no dejó un centímetro de madera ni de piedra sin insultar con su genio. Miré al techo. Las figuras se retorcían, caían, volaban. No había paz. Había cuerpos musculosos en escorzos imposibles, túnicas de metal líquido. Era el Guernica del siglo XVI, pero con esteroides. Me apoyé en una columna para no caer de espaldas. Allí arriba estaba la clave: Tintoretto ganó el encargo de ese techo porque se saltó las normas. Instaló la obra terminada mientras los demás presentaban bocetos y le dijo al jurado que, si no pagaban, se lo regalaba al santo. Arrogancia sucia. Romper el mercado. Eso es Bowie entrando en Berlín para grabar Low, mientras Iggy Pop se inyectaba caballo recién llegado de Afganistán vía Rusia.

Salí con los ojos ardiendo y me metí en un bar. Pedí un spritz que sabía a medicina de serie de TVE de los 70. Al quinto pelotazo, noté una mancha de grasa antigua en la barra. Me quedé mirándola. Esa mancha era el mapa real de la ciudad. Tintoretto nació entre cubos de tinte y prostitutas; su arte venía de ahí. Bowie venía de la periferia de Londres, llena de currantes alcohólicos. Los dos sabían que el estilo es lo único que te separa de la bestia.

La historia del cuadro presenta una ironía circular que Brodsky habría despreciado por vulgar: tras la muerte de Bowie, la pieza vuelve a Venecia para una exposición. El objeto sobrevive al dueño. El ángel sigue anunciando el martirio, pero el mártir ha cambiado. Ya no es Santa Catalina; es el propio Bowie, disuelto en la subasta, convertido en catálogo, en cifra, en polvo de estrellas tasado por un martillo neumático.

Volví a la pensión de noche. En el rellano, el aire olía a tabaco negro. Las voces estaban allí otra vez. Eran ellas. Las dos prostitutas. Batas de felpa, tazas de café, cenicero lleno. Una leía un periódico gratuito en voz alta. La otra asentía.

—¿Sigues buscando? —Me preguntó la más joven, la que tenía una pequeña cicatriz en la barbilla.

—Ya encontré —dije.

—¿Al ruso?

—Al inglés. Soltó una carcajada que sonó a cristales rotos. —Inglés, ruso… aquí todos terminan igual. Húmedos.

Entré en mi cuarto y cerré la puerta. Brodsky seguía en la mesilla, mudo, inútil. Había sido la ganzúa, pero la puerta la había abierto otro.

Dos días después, al amanecer, mientras el vaporetto me llevaba de vuelta al aeropuerto y el motor repetía su mantra de tuf, tuf, tuf, miré atrás. Venecia se hundía un milímetro más en su propia mierda. Dejé el libro en el hotel para el siguiente iluso. Y me llevé la risa del fantasma de Bowie rebotando en los canales, confirmando que, al final, solo quedan el ruido del motor y el agua sucia golpeando contra las estacas de madera.