JAVIER JAEN

“El lápiz no hace el dibujo”

Javier Jaén (Barcelona, 1983) estudió Diseño Gráfico y Bellas Artes en Barcelona, Nueva York y Budapest. Su trayectoria se ha desarrollado entre la ilustración editorial, las cubiertas de libros, la comunicación cultural, la publicidad y los proyectos propios. Ha trabajado para medios e instituciones como The New York Times, The New Yorker, The Washington Post, Time, National Geographic, Harvard University, Greenpeace, Penguin Random House, UNESCO, Louis Vuitton o Pedro Almodóvar, entre otros. Su lenguaje visual y simbólico, busca escenarios narrativos en lo cotidiano y convierte la imagen en una interpretación tan inmediata como cargada de matices.

En esta conversación, hablamos con él sobre el pensamiento lateral, la inteligencia artificial, la responsabilidad de trabajar para proyectos de gran visibilidad, su relación con el humor, los encargos, los procesos creativos y esa zona misteriosa donde una imagen deja de ser solo una imagen para convertirse en una idea que nos invita a pensar.

por SANDRA PEDRAJA

SP: He leído en varias entrevistas que te sientes más traductor de conceptos o ideas que diseñador o ilustrador. En un momento tan turbulento, en el que todo parece acelerarse y simplificarse, ¿qué significa para ti traducir una idea sin que pierda la identidad del concepto?

JJ: Creo que esa idea de la traducción está en el centro de lo que hago. La parte importante de mi trabajo tiene que ver con la comunicación y, por lo general, está al servicio de un encargo: puede ser la portada de una revista, el cartel de una película o cualquier otro proyecto.

Se trata de traducir lenguajes: traducir la síntesis de un artículo, traducir el argumento de una película o convertir una idea en una imagen que, de alguna manera, contenga esas famosas mil palabras. Esa es la parte que más me interesa y donde intento poner más foco: que las imágenes tengan capas de lectura, cierta profundidad y, sobre todo, que ayuden a contar aquello para lo que están destinadas.

SP: En una época en la que casi todo parece automatizado y los jóvenes tienen acceso inmediato a respuestas, imágenes y soluciones, ¿cómo se puede seguir cultivando el pensamiento lateral? ¿Crees que esa capacidad de establecer conexiones inesperadas se entrena, o responde más bien a una forma de mirar que ya estaba en ti desde la infancia?

JJ: Hablar de uno mismo en ese sentido es complicado, porque nunca he estado dentro de la cabeza de otra persona y no sé cómo ven los demás. Necesitaríamos un diván para saber bien de dónde salen las cosas.

Sí que he hecho todo eso que cuentas: ver caras en el estucado, encontrar formas simbólicas en muchas cosas que ocurren en la vida. Supongo que siempre me he llevado mal con la complejidad y he buscado la manera de hacerla comprensible para mí y, en el caso del trabajo, también para los demás.

Creo que eso siempre ha estado ahí, no necesariamente vinculado al dibujo, a la imagen o a lo gráfico. Podía aparecer también en la música. Por ejemplo, cuando grabas un casete con ciertas canciones y, en cierto orden, esas canciones dicen otra cosa. Es el mecanismo de que A significa B. Creo que eso está presente también en el humor, en la literatura y en muchas otras cosas que me interesan.

SP: Vivimos un momento deslumbrante en lo técnico, con herramientas cada vez más sofisticadas a nuestro alcance y sin embargo, o justamente por ello, parece que la ausencia de ideas queda todavía más al descubierto. Es como tener un Ferrari y no saber hacia dónde conducirlo. ¿Crees que hoy las ideas son más importantes que nunca?

JJ: Si nos ponemos optimistas, porque es fácil entrar en la espiral de que todo está fatal, yo diría que este es el momento de la historia en el que las ideas son más importantes, precisamente porque tenemos muchas herramientas que nos ayudan a cristalizarlas.

Todavía no sé decir si esas herramientas son buenas o malas, ni siquiera sé si deberíamos movernos en esos términos. Lo que sí está claro es que nos ayudan a hacer fuegos artificiales muy espectaculares, con un efecto wowque tiene una caducidad muy rápida. De pronto todo el mundo se pone con dibujos de manga y es una pasada, técnicamente es increíble, más allá de los debates morales. Pero eso dura una semana. La semana siguiente vuelven las preguntas más grandes: ¿para qué sirve?, ¿qué me cuenta esa imagen?, ¿me hace reír?, ¿me enfada?, ¿me indica dónde está la salida?, ¿me dice cómo es una obra de teatro?, ¿me ayuda a explicar cómo es un libro?

Todo eso no lo sustituye la tecnología. A mí nunca me ha interesado demasiado la parte más ejecutiva de mi trabajo. A veces una buena solución para un proyecto puede ser una raya de lápiz, un punto negro o una letra A muy grande. Eso no es difícil técnicamente. Lo difícil es que tenga sentido.

SP: Hay imágenes tuyas que funcionan casi como pequeños jeroglíficos: no lo das todo hecho, pero tampoco dejas fuera al espectador. Pienso, por ejemplo, en trabajos como la imagen de Bill Cosby o en ese símbolo de luto construido a partir de un cinturón de seguridad. ¿Cómo encuentras ese punto exacto entre lo evidente y lo ambiguo?

JJ: Creo que eso tiene mucho que ver con una idea de complicidad. Yo te doy un jeroglífico, pero no puede ser demasiado complicado como para dejarte fuera, ni demasiado sencillo como para que no resulte estimulante. Tengo que darte las herramientas para que puedas resolverlo.

Vuelvo a esa idea de que A significa B. No se trata de poner un paraguas porque significa una cosa o el color azul porque significa el mar. Es encontrar el equilibrio entre no darlo absolutamente todo de una forma descriptiva y conseguir que la imagen sea estimulante.

Eso no significa hacer cosas raras ni un festival de creatividad por la creatividad. No va de eso. Cuando se intenta por ahí, el espectador, el lector o la persona que recibe la imagen se pierde. Estamos rodeados de imágenes que no entendemos. No sabemos de qué van. Para mí se trata de encontrar ese equilibrio, pero siempre con la intención de que la imagen toque a alguien de alguna manera.

SP:Vivimos en un mundo cada vez más globalizado.¿Crees que hoy es más fácil construir un lenguaje visual capaz de llegar a públicos muy distintos, o lo que ha cambiado realmente son las herramientas, los soportes y la forma en que las imágenes viajan?

JJ: Yo crecí ya en un mundo que empezaba a globalizarse mucho, y eso tiene cosas muy buenas. Hoy tenemos amigos en todo el mundo, conocemos realidades distintas y sabemos que hay que tener en cuenta códigos diferentes según los contextos.

En mi caso, trabajar con gente de otros países, para otros mercados y con otro tipo de clientes, ha sido muy enriquecedor. Pero también ha cambiado mucho la manera en que consumimos imágenes. Todo va a una velocidad enorme. Todo el mundo nos está cogiendo de la camisa para que le prestemos atención. Abres el teléfono y te aparece algo como cinco consejos para cortar una cebolla. Todo lo vemos dentro de un sándwich de reclamos muy salvajes.

Eso hay que tenerlo en cuenta, sobre todo por el contexto en el que se van a ver esas imágenes. Hay imágenes que se verán en un supermercado, otras muy pequeñas en un móvil y otras colgadas en una pared. Cada soporte tiene sus peculiaridades.

SP: ¿Tienes preferencia por algún tipo de encargo? ¿Te interesa más la prensa, la publicidad, el cartel de cine, la crítica política o social? ¿Te atrae más alguno de esos territorios, o los entiendes como lenguajes distintos que te obligan a pensar de otra manera en cada caso?

JJ: Para mí son una especie de cubos de Rubik que me van tirando y que tengo que ir solucionando. En realidad no hago demasiada distinción, aunque no sé si eso es lo normal.

Puede ser una ilustración para un diario, pequeñita, en papel, en blanco y negro, que durará veinticuatro horas hasta que salga el siguiente número; o puede ser el cartel de una película. Al final el reto es el mismo: cómo contar todo lo que hay dentro, cómo condensarlo y cómo cristalizarlo en una imagen que sea comprensible, estimulante y que, idealmente, pueda viajar sola sin necesidad de explicación.

Eso lo tengo bastante en cuenta: que las imágenes sean unidades de significado en sí mismas. Aunque casi siempre acompañan a un libro, un artículo, una película o una obra de teatro, me interesa que puedan funcionar solas y contar algo.

SP: Has trabajado en varias ocasiones con Pedro Almodóvar, también recientemente en uno de sus últimos carteles. ¿Qué supone enfrentarse al universo visual de un director tan reconocible y tan cargado de imaginario propio? ¿Hay algo de vértigo, o pesa más la confianza de saber que, si te llaman, es porque ya existe una confianza previa?

JJ: Cómodo y tranquilo no me siento nunca. Tiendo a pensar que no va a salir bien, que hasta ahora ha salido de chiripa y todas esas cosas. No me gusta reconocerlo, pero suelo sufrir bastante durante el proceso.

También tiene que ver con la responsabilidad. En el caso de una película, hay muchísima gente que ha trabajado durante años. ¿Cómo haces para que esa imagen cuente lo que tiene que contar, que sirva, que cuando alguien esté en la puerta del cine o en el sofá de su casa le den ganas de hacer clic, y que además esté en el tono adecuado? Que no parezca una comedia si es una película de terror, por ejemplo.

No es tanto el cliente en sí. Hay proyectos que hacen especial ilusión, claro, pero no tengo clientes más fáciles o más difíciles en función de cuánto me intimiden. Lo que sí existe siempre es la responsabilidad de intentar dar en el clavo, o al menos cerca del clavo.

SP: Desde fuera puede dar la sensación de que siempre aciertas, de que cada imagen encuentra el centro exacto de la diana. Pero imagino que también habrá zonas de tanteo, descartes, caminos que se cierran o ideas que no terminan de sostenerse.

JJ: Sí, por supuesto. Muchas veces lo que vemos en redes, en un libro, en una charla o en una entrevista puede dar la impresión de que uno se pone, dispara a la diana y siempre da en el centro. Y no es así.

El trabajo consiste en probar y probar. Hay muchas cosas que no salen, que se quedan en el tintero, por motivos muy variados. A veces uno no está inspirado, el otro no se ha explicado bien, no era el momento o simplemente no eras tú la persona que tenía que solucionar ese proyecto. Hay trabajos que se caen por el camino o que luego no enseñas. Pero todo eso forma parte de la realidad de mi trabajo y entiendo que también del trabajo de cualquiera que se dedique a estas cosas.

SP: Empezaste a trabajar en una sección de Diario Público a partir de textos de Noam Chomsky. No parece precisamente una puerta de entrada sencilla ¿Lo viviste como un acto de valentía, de inconsciencia, o como esa mezcla extraña de las dos cosas que a veces empuja los comienzos?

JJ: Más que valentía, fue inconsciencia. Cuando uno piensa demasiado en que un cartel lo van a ver millones de personas, eso no ayuda en nada. Tiene que haber una parte de inconsciencia, de intentar solucionarlo y seguir adelante.

SP: ¿Trabajas solo o en equipo?

JJ: Somos un equipo de tres personas. Ellas dos se dedican sobre todo a la parte de gestión del estudio y de la tienda, y yo me encargo del resto.

En cuanto al desarrollo de una idea, por lo general no hago grandes sesiones de brainstorming. Pero dicho esto, abuso mucho de la gente que tengo alrededor: las personas que trabajan conmigo, amigos, familiares o colegas de profesión. En ciertos proyectos intento hacer un poco de ping pong, porque uno a veces está tan metido en algo que pierde perspectiva.

Incluso con mi hija puedo hacer esa prueba: Oye, mira, ¿qué te parece?. Haces más o menos caso, pero te sirve como termómetro de lo que está pasando alrededor. Eso me ayuda.

SP: ¿Necesitas una rutina estable para trabajar, con sus tiempos y rituales, o funcionas mejor cuando aparece la presión del deadline?

JJ: He trabajado muchísimos años, casi siempre, en prensa, y eso significa ir de un lado para otro. El deadline activa una parte del cerebro que tiene que ver con la supervivencia: tienes que hacer algo, entregar algo, solucionarlo de alguna manera.

Esa presión te obliga a hacer un gimnasio de resolución, a ser muy resolutivo. A veces he echado de menos proyectos más lentos, donde no haya que correr tanto. Pero supongo que el deadline, de una manera bastante masoquista, funciona como un revulsivo.

Muchas veces, cinco minutos antes de enviar un mail, aparece la idea. Haces un encaje rápido y es esa. Para mí tiene mucho que ver con esa supervivencia escondida en algún lugar del cerebro.

SP: El humor está muy presente en tu trabajo, pero rara vez funciona como un chiste obvio. Más bien aparece como una forma de inteligencia visual. ¿Sientes que esa manera de pensar desde el humor forma parte de tu mirada desde siempre, o es algo que se ha ido afinando con el tiempo?

JJ: Por lo general he sido poco reflexivo con mi propio trabajo. Creo que eso lo hacéis mejor los demás que yo mismo. Pero el humor no es un ingrediente que se pueda poner en el laboratorio.

No se trata tanto de usar humor como de entender cuándo es adecuado y cuál es el tono. No hay una fórmula. Un chiste en un funeral puede ser maravilloso y curativo para todos, o puede ser una metida de pata total. Se trata de encontrar el equilibrio: cuándo toca, cuándo no toca y qué sentido tiene.

Si tenemos que indicar la salida de un parking, quizá una flecha sea suficiente. No hay ninguna necesidad de que haya un chiste ahí.

SP: En tu trabajo hay también una capacidad muy clara para esquivar el cliché y darle la vuelta a ideas que podrían resolverse de una forma más tópica. Pienso, por ejemplo, en tus imágenes sobre Trump, las inundaciones de Nueva York o algunas piezas de crítica política, donde la realidad ya parece venir cargada de ironía. ¿Cómo se trabaja visualmente con un presente que a veces parece una caricatura de sí mismo?

JJ: Las imágenes tienen mucho que ver con el contexto en el que se hacen. Hoy, por ejemplo, creo que la figura de Trump ya no admite una caricatura más. Ya no nos apetece reírnos con eso, o al menos a mí.

Las imágenes, como la música, la moda o cualquier otra manifestación cultural, tienen un contexto donde se ven y también un contexto en el tiempo. Hay temas que he trabajado durante muchos años y han ido cambiando. Y está bien que sea así, porque el ángulo social desde el que los miramos también cambia.

Son matices muy pequeños, pero de lo que nos reíamos hace diez años quizá ahora ya no nos hace tanta gracia.

SP: Hablemos de inteligencia artificial. Estamos viviendo un cambio enorme, todavía difícil de medir, como si la herramienta hubiera llegado antes de que termináramos de entender sus consecuencias. ¿La utilizas en algún momento de tu proceso? ¿Te sirve como apoyo, como estímulo o como campo de prueba, o todavía la sientes lejos?

JJ: Cuando la utilizo, no tiene que ver con mis procesos mentales, porque todavía no tenemos chips en el cerebro, y espero que eso dure un rato.

Intento aprender a jugar con todos los juguetes de la caja y no cerrarme a las cosas que vengan. Dicho esto, no sé si la inteligencia artificial me ha ayudado o no en algunas cosas. Lo que sí sé es que mi trabajo no ha cambiado de ángulo por las herramientas que van saliendo, por la última actualización de un software o por la aparición de una nueva tecnología.

Para mí esa no es la parte interesante de mi trabajo. Si hablamos de lápices, hablar del lápiz no es que no sea importante: es importante tener un buen lápiz, que esté afilado y que funcione. Pero el lápiz no hace el dibujo.

El foco, sobre todo para quienes están estudiando ahora, no debería estar solo en la herramienta. El mes que viene saldrá una nueva y dentro de dos meses otra. La pregunta es: ¿qué querías contar con eso? ¿Qué querías contar con ese dibujo de una palmera?

La técnica es importante, claro. Yo estudié Diseño y Bellas Artes y trabajé muchos años con la técnica. Pero lo que más me interesa es la parte de comunicación: qué cuentan esas imágenes.

SP: Desde Duchamp, el arte contemporáneo lleva décadas cuestionando hasta dónde llega la mano del artista y dónde empieza la idea, el gesto o el dispositivo. ¿Crees que la inteligencia artificial está reabriendo debates antiguos sobre autoría, proceso creativo y valor artístico?

JJ: Sí, en realidad hay discursos que ahora parecen estar llegando, pero que vienen de mucho atrás. La pregunta sobre hasta dónde llega la mano del artista es muy antigua.

Son debates muy similares. Si te soy sincero, tampoco tengo una respuesta cerrada ni una bola de cristal sobre cómo será el futuro. Evidentemente viene, o ya está aquí, un meteorito para la sociedad. Pero también hemos vivido otros meteoritos, como las redes sociales.

Han cambiado la forma en la que nos comunicamos unos con otros. También lo han hecho los grupos de WhatsApp, que afectan a la amistad, a la soledad, a las relaciones sociales; o ligar por internet. Hay muchísimas cosas que modifican cómo nos relacionamos con el mundo.

SP: Vista desde fuera, tu carrera parece haber seguido una trayectoria muy natural y ascendente: medios importantes, encargos internacionales, cine, reconocimiento… ¿Tú también la has vivido así?

JJ: Habría que definir qué significa fácil. Ha habido fases. Al principio, evidentemente, escribía a todo el mundo sin vergüenza ninguna: Oye, hago esto. Muchas veces no te contestan, y es normal. Intentas ser propositivo, no tomártelo de forma demasiado personal, seguir proponiendo y tener una buena actitud. También que sea agradable trabajar contigo.

A veces, si te dicen que en vez de rojo sea azul, tienes que elegir si merece la pena ir a la guerra y decir: No, tiene que ser rojo. Otras veces no pasa nada y puede ser azul, o puede hacerse más pequeño.

Hubo cambios importantes. En 2010 empecé a trabajar en Estados Unidos. Estudié un año en Nueva York y eso no solo me dio contactos, sino que me ayudó a entender que mi techo de cristal mental estaba muy bajo. Antes no se me habría ocurrido llamar a ciertas puertas.

No sé si ha sido suerte o no. Ha ocurrido de una forma bastante orgánica, pero también hay que generar las condiciones para que esa suerte se dé. Y la verdad es que paso muchas horas trabajando.

Estoy muy agradecido por las cosas que han pasado y siguen pasando. Ni en mis mejores sueños hubiese imaginado no solo estar haciendo lo que hago, sino poder dedicarme a ello y trabajar con la gente con la que tengo el gusto y la suerte de colaborar a diario.

SP: Para terminar, después de todo lo que hemos hablado sobre ideas, herramientas, procesos y encargos, ¿qué consejo darías a quienes están empezando?

JJ: Diría que intenten ser propositivos, que no se tomen el silencio o el rechazo de forma demasiado personal y que sigan trabajando. También que tengan una buena actitud y que entiendan que el trabajo no consiste solo en tener ideas, sino en saber acompañarlas, defenderlas cuando toca y ceder cuando no pasa nada por ceder.

Y, sobre todo, que no pierdan de vista qué quieren contar. Las herramientas cambian todo el tiempo. Lo importante sigue siendo la pregunta de fondo: qué cuenta esa imagen y para qué existe.