ANA JUAN
“Quiero que la gente vuelva a casa con más preguntas que respuestas”
En un tiempo en que la verdad se diluye entre pantallas, algoritmos y relatos interesados, Ana Juan presenta Wunderkammer en CentroCentro de Madrid, del 29 de enero al 3 de mayo de 2026: una fábula visual sobre el caos, la huella y la necesidad de seguir imaginando. Concebida específicamente para este espacio, la muestra no es una retrospectiva, sino un territorio de pensamiento y proceso creativo en el que la artista valenciana despliega su propio universo.
Con una trayectoria que va de Madriz y La Luna a El País, El Mundo y The New Yorker, y reconocida con el Premio Nacional de Ilustración, Ana Juan ha construido una obra singular y en constante evolución. En Wunderkammer va más allá de su faceta editorial para reivindicar el dibujo como lenguaje, disciplina y forma de estar en el mundo. En esta entrevista reflexiona sobre la diferencia entre dibujo e ilustración, los riesgos de la uniformidad creativa y la necesidad de que el arte siga devolviéndonos preguntas.
por SANDRA PEDRAJA
SP: Quería comenzar por algo especialmente inquietante: la fragilidad de la información en nuestro tiempo. Vivimos rodeados de datos que se repiten sin verificación, como si la mera circulación bastara para convertirlos en verdad.
Ana Juan: En el mundo en el que vivimos no podemos diferenciar entre lo que es verdad y lo que es mentira. Es bastante peligroso. Nosotras, como venimos del siglo pasado y con otras lecturas, todavía nos podemos agarrar ahí. Pero la gente joven… no sé. La incertidumbre la tienen de fábrica.
O simplemente te montas un mundo paralelo y vives en él. Pero, al final, te limitas a tu propio ámbito: lees las noticias que tú quieres leer, haces solamente las cosas que tú crees que son las que tienes que hacer y no te relacionas con lo demás. Vives en una especie de burbuja, de globo, donde la gente no ha aprendido a desarrollar el espíritu crítico y entonces nos lo tragamos todo.
SP: Hay, al menos, un dato que sí conviene fijar con claridad desde el principio: naciste en Valencia y estudiaste Bellas Artes en la Politécnica, aunque no llegaste a recoger el título. En ese gesto hay también una forma de independencia, casi una primera declaración de principios.
Ana Juan: Sí, nací en Valencia. Y no, no llegué a licenciarme. Hice la carrera de Bellas Artes, llegué hasta el final, pero no recogí el título. Empecé a aprender dibujo en Artes y Oficios cuando tenía once años, así que he tenido una formación muy clásica. Hice todo lo que tenía que hacer, saqué notas excelentes y seguí el camino adecuado, pero no recogí el título porque no quería dedicarme a la enseñanza. La docencia no está hecha para mí. No doy másteres, ni talleres, ni cursos. No me gusta. Creo que cada uno tiene que encontrar su propio camino. Y eso se consigue a base de trabajo, de aprender a mirarse al espejo y aceptar lo que uno es. No hablo de resignarse, sino de aceptar y trabajar con ello. Y eso no se consigue en un máster, ni en las clases de un taller de una semanita, de un fin de semana o cosas así.
SP: Esa idea conecta directamente con algo esencial en tu discurso: el espíritu crítico como forma de conocimiento y también como forma de construirse. Encontrar una voz propia exige apartarse de etiquetas, de trayectorias prefabricadas y de lo que el sistema espera de ti.
Ana Juan: En el mundo del arte es más difícil, ¿no? Porque muchas veces el mundo necesita etiquetas para meterte en algún sitio. Y entonces, cuando tú vas a la tuya y vas estructurando y creando tu mundo, tu propio universo, el mundo tiene que aceptarlo.
SP: Tus comienzos fueron tempranos. Antes incluso de terminar Bellas Artes ya habías empezado a publicar. Primero llegaron las revistas, después la prensa y más tarde la prensa diaria.
Ana Juan: Sí, bueno, empecé ya en prensa. Antes de terminar Bellas Artes ya estaba publicando algunos dibujos, y después vine a Madrid. Empecé colaborando en revistas y luego pasé bastante rápido al periódico, a la prensa diaria. Lo primero que me encargaron fue la serie de Paco Umbral, La España Irracional. A partir de ahí empecé a trabajar en prensa. Y durante muchos años he estado vinculada a ella.
SP: Más tarde llegaría Japón, una experiencia que imagino decisiva en tu trabajo. En aquel momento, además, Japón todavía conservaba algo inaccesible, casi intacto, que hoy parece haberse diluido.
Ana Juan: A Japón fui muchísimo más tarde. Estuve en contacto con una editorial y entonces me ofrecieron una beca. Cuando todavía no teníamos ni móviles, Japón era otra cosa, era otro mundo. No hay que volver a los lugares donde has sido feliz. He vuelto en varias ocasiones, pero ya no es lo mismo. Se ha globalizado todo tanto que ya no puedes encontrar lo que es la esencia de un país tan hermoso como es Japón. Por supuesto que influyó en mi trabajo. Me interesa la cultura japonesa, me gusta la síntesis, sobre todo con lo que trabajan ellos, porque son dibujantes, es el mundo del dibujo y yo soy dibujante. Entonces, la síntesis, el trabajar sobre papel, muchas cosas me unen a la forma de trabajar del mundo de la cultura japonesa.
SP: Tu obra posee una potencia simbólica muy singular. Narras con imágenes. En ese recorrido aparece también The New Yorker, una cabecera que para muchos ilustradores representa casi una cumbre mítica. ¿Cómo fue realmente esa relación?
Ana Juan: No hay para tanto, son un poco leyendas urbanas. He colaborado con ellos, sí, y ha estado muy bien durante muchos años. Tampoco he deseado nunca ser ilustradora de The New Yorker. Pero bueno, ha estado muy bien, he hecho portadas importantes y me alegro. Llegué a ellos por carambolas del destino. La directora de arte buscaba gente nueva con la que formar, más o menos, un equipo de confianza al que poder llamar, porque es una revista semanal y la actualidad es muy exigente. Iba buscando ese equipo, encontró mis trabajos, le gustaron y me dijo: “Vamos a probarlo”. Salió mal, luego salió bien. Todo eso.
Sí, es un caramelo para cualquier ilustrador o dibujante, pero es duro. No se trata solo de llegar. La gente piensa que tú llegas, te encargan una portada, la haces y te la publican. Y no es así. Tú tienes que mandar ideas y, a lo mejor, en algún momento esas ideas pasan ciertos filtros o directamente coinciden con lo que necesitan. Hay muchos caminos. Y luego está la actualidad: a lo mejor era exactamente lo que quería el editor, pero la actualidad cambia y esa idea ya no vale. Es cuestión de momentos. O sea, que eso es una lotería.
SP: En paralelo, nunca dejaste de levantar tus propios proyectos. Hay una constante en tu trayectoria que resulta muy reveladora: no esperar el encargo, no inmovilizarte, seguir creando aunque nadie lo pida.
Ana Juan: Siempre he tenido mis propios proyectos. Es algo que he llevado siempre en paralelo. Nunca he esperado a que alguien me encargara algo. Siempre he tenido ganas e ilusión por hacer otras cosas y, en cuanto he podido, las he hecho. No he esperado.
Yo creo que esto forma parte de un todo. También tiene que ver con la manera en que tú te enfrentas al mundo. Yo no espero a que alguien me encargue un reloj. Si siento la necesidad de hacer un dibujo de dos metros por tres, lo hago. No me preocupa a quién se lo voy a vender ni qué voy a hacer con ello. Y si quiero hacer una edición, pues la hago.
SP: ¿Te sientes reconocida en España? Más allá de los premios o de los reconocimientos institucionales, me refiero a una percepción íntima de valoración real.
Ana Juan: Me siento querida y hago lo que quiero. ¿Qué más le puedo pedir a la vida?
SP: Presentas ahora en Madrid una exposición cuyo propio título ya abre un territorio fascinante: Wunderkammer, una cámara de las maravillas. Y aquí hay algo fundamental que conviene subrayar: lo que presentas no es ilustración, sino dibujo. Esa distinción, tan a menudo confundida, en tu caso es central.
Ana Juan: Sí, es un término alemán. Y ahí conviene hacer una distinción. Por ejemplo, lo que he presentado aquí, en Wunderkammer, no es ilustración, es dibujo. Porque el dibujo es una disciplina. Es mi forma de expresión y la manera en que me relaciono con el mundo. No es ilustración. La ilustración puede servirse del dibujo, de la pintura o de la fotografía; en definitiva, de cualquier recurso que adorne, documente, narre o recree. Acompaña a un texto, a un concepto, a una campaña publicitaria o a un cartel. Eso es ilustración. Sin embargo, lo que he presentado aquí no está destinado a ser reproducido ni difundido en medios. El dibujo, simplemente, es una disciplina.Y eso es lo que ocurre: que todo el mundo dice “son ilustraciones”, pero yo no estoy ilustrando nada. Es dibujo, sí, pero no al servicio de otra idea, de un texto ni de ninguna otra cosa.
SP: La exposición se despliega como una gran fábula visual: un recorrido de metáforas que habla del presente, del desconcierto y de esa confusión contemporánea en la que la verdad y la mentira se contaminan mutuamente.
Ana Juan: Bueno, esta exposición es una fábula visual en la que nada es lo que parece y donde, a través de metáforas, se habla del mundo en el que vivimos: un mundo en el que cada vez resulta más difícil discernir entre la verdad y la mentira. Y esa confusión nos lleva al caos. Esa sería una de las partes de la exposición.
Luego pasamos a la huella, a la marca que deja en nosotros ese caos. Se trata de utilizar la piel como lienzo, como testigo y también como delatora de nuestras vivencias. Sin imágenes es difícil de explicar.
Después está la parte de las historias. Ahí hemos intentado recrear una especie de rincón a través de un dibujo compuesto por nueve paneles, de casi diez metros de largo por casi dos de alto. Porque el ser humano necesita contar historias para sobrevivir. Somos historias, estamos hechos de historias. Y aquí hacemos una alegoría a esas historias que realmente nos marcan desde pequeños: los cuentos, los cuentos tradicionales, los relatos con los que crecemos y que después dejan una huella en el resto de nuestra vida, ese bagaje que llevamos con nosotros.
Entonces aparece una especie de bosque, ese bosque que está presente en tantos cuentos y que un niño o un personaje siempre tiene que atravesar como parte de un viaje iniciático. Y en ese momento, esos calamares… no es que sean una cosa concreta: es más bien un espacio donde no estás del todo, donde no hay aire, ni agua, ni tierra. Es un espacio suspendido. Y aquí esa alegoría sirve para rendir homenaje a las historias que todos llevamos dentro.
SP: En ese recorrido surgen distintas capas: el caos, la huella, las historias y después una idea especialmente hermosa, la de “todo y parte”, esa tensión entre la imagen autónoma y el conjunto, entre lo individual y lo colectivo.
Ana Juan:Sí. Después de las historias pasamos a la parte de todo y parte. Es una alegoría que se materializa en una imagen de dos por dos metros, compuesta, a su vez, por 65 imágenes. Son 65 imágenes independientes, pero al mismo tiempo interrelacionadas entre sí. Cada una cuenta una historia, pero todas forman parte de una misma historia. Es una manera de recordar lo que somos realmente.
Después llegamos a Dibujar el mundo, donde hago un guiño a mi trayectoria como creadora, ya sea como ilustradora, pintora o escultora. Es una forma de entender que en la creación contemporánea no hay límites ni compartimentos estancos. Como en la vida, todo está relacionado.
Yo creo que el arte está en todo aquello que puede llegar a emocionarte, en todo aquello que te cuenta algo, que te deja una huella, que te hace evolucionar. Si me emociona una portada de disco, o incluso puede emocionarme aún más una joya, para mí eso es arte. No me sirve que me digan que el arte tiene que ser un cuadro al óleo colgado en una pared. Para mí, el arte es todo aquello capaz de emocionarme.
Y también se trata de mostrar que todo ese trabajo personal que llevo conmigo, y que he estado realizando siempre al margen o en paralelo a mi trabajo editorial, guarda relación entre sí. Una cosa se interrelaciona con la otra. Por eso hay una selección, una especie de vídeo, en el que van apareciendo trabajos del mundo editorial que dialogan con mi mundo y con mi trabajo personal.
SP: ¿La mayor parte de las piezas han sido creadas específicamente para esta exposición?
Ana Juan: Sí. El trabajo editorial no, pero todo lo demás, casi en un 90 %, está hecho para esta exposición. Y no solo hay dibujos, también hay obras escultóricas, digamos, en tres dimensiones. Además, está la parte de animación, realizada junto a Andrés Sanz, que es videoartista. Entre los dos hemos hecho una serie de películas que funcionan como una especie de extensión íntima de mi trabajo.
Del dibujo a la escultura hay, en realidad, un paso bastante natural, porque todos los dibujantes trabajamos con la luz y con el volumen. Entonces es lógico que quieras terminar viendo tus obras en tres dimensiones. Yo, al menos, lo he hecho así. He hecho también esculturas y he llevado ese trabajo a la animación.
Después hay varias películas, y la exposición termina con un vídeo, al final del recorrido, en una pantalla grande de unos tres por doce metros. Es un vídeo que hice, o que hicimos, para ilustrar una canción de Joaquín Sabina en su último concierto, en su última gira. Y cerramos la exposición con eso.
SP: En un tiempo que parece exigir explicación inmediata para todo, tú eliminas las cartelas y devuelves al visitante la responsabilidad de mirar. Me parece uno de los gestos más radicales y más hermosos de la muestra.
Ana Juan: Pues, sin embargo, nadie las echa de menos. Nadie te dice: “Oye, ¿por qué no hay cartelas?”. La gente entra y le da igual cómo se llame la obra, qué quiera decir o qué técnica tiene. Nadie las echa de menos.
La gente se da cuenta cuando tú lo comentas durante la visita, pero tampoco importa. Yo creo que el arte tiene que ir un poco más allá. Quiero que cada uno saque sus propias conclusiones. Quiero que la gente vuelva a casa con más preguntas que respuestas. No contarles exactamente qué tienen que ver o qué están viendo, porque entonces los conduces a lugares que quizá no les interesan. Que cada uno sienta. Al final, cada uno ve un poco lo que lleva dentro.
Solo hay un pequeño texto para explicar lo del vídeo de Sabina, quién ha hecho ese vídeo, pero nada más. Es lo único.
Y no les importa. No les cuesta. Eso es, de algún modo, lo que tienen que aprender al salir: hay que luchar por no perder la mente abierta, por abrirse, por sumergirse.
Por ejemplo, ayer, cuando salía, una chica me llamó por detrás y me dijo: “Tengo que decirte una cosa. Esta exposición me ha impactado mucho porque son las cosas que yo he soñado”. Estaba realmente impactada. Era joven, además, y había mucha gente joven. Yo le dije: “Pues mira qué bien, a ver si algún día nos encontramos en el mismo sueño”.
Y a los niños les gusta mucho. Una niña de tres años me dijo: “Gracias, me ha gustado mucho”. Qué bonito. No se trata de decir: esto soy yo, esta es mi obra, este es el título que le he puesto. No. Estamos aquí, entre tú y yo. Y si te llega, te gusta y lo disfrutas, pues mejor.
SP: En un momento en que la inteligencia artificial ocupa cada vez más espacio dentro de la creación contemporánea, me interesa saber cómo la percibes tú.
Ana Juan: Es algo muy perverso. Desde el punto de vista de la ciencia, supone un gran avance para el ser humano, para la humanidad, pero desde el punto de vista creativo me parece algo muy peligroso y perverso, y creo que nos está llevando a lugares muy oscuros. Hay veces en las que me alegro de no ser joven, de haber conocido otro mundo, porque esto no me está gustando nada. Y, por ejemplo, en el ámbito de la ilustración está haciendo mucho daño.
Yo procuro esforzarme, mejor o peor, y luego ya contrastaré lo que haga, pero de entrada lo hago yo. Habrá un cinco por ciento de la humanidad que actúe así, pero es como cuando no vas al gimnasio: se te atrofian los músculos. Pues se nos está atrofiando el cerebro. Ya no sabemos recordar los números de teléfono, y antes nos los sabíamos todos. Yo, por ejemplo, todavía me acuerdo del número de teléfono de mis padres de cuando era pequeña.
Todo esto está siendo muy peligroso, y no nos damos cuenta. Pero, claro, tampoco puedes pararlo. Como decía un amigo: “Me voy a sentar a comer un paquete de palomitas y voy a ver cómo se va todo al carajo”.
Es un mundo muy extraño en el que nos estamos situando, un mundo en el que casi nos estamos arrinconando a nosotros mismos, a los humanos, y en el que el poder de la imaginación está quedando relegado por matrices de repetición, por plantillas. La gente está encantada con eso de hacerse su caricatura, y yo lo odio. Lo de los estudios Ghibli, por ejemplo… madre mía.
Una vez que pones tus cosas en las redes, olvídalo: ya no son tuyas. La gente las utiliza para hacer sus propios trabajos y dejan de pertenecerte. Van al mundo y a alguien que no sé muy bien quién será. No sabemos realmente quién es el dueño de todos esos datos, porque la información siempre ha sido poder, y hoy en día mucho más. Hemos sido engañados. Hay momentos en los que piensas algo, no lo has dicho, y de repente aparece en la pantalla. No quiero ponerme conspiranoica, pero es inquietante.
SP: Cuando hablas de tus referentes, da la impresión de que miras más hacia los clásicos que hacia influencias cercanas o contemporáneas.
Ana Juan: Puedo decirte que mis referentes, mi inspiración y mi aprendizaje están en los clásicos: desde los frescos de Pompeya hasta el expresionismo alemán, pasando por Käthe Kollwitz, Durero o Leonardo. Creo que es mejor eso que vivir a la sombra de alguien más cercano.
Y dibujo porque es lo más inmediato, lo más próximo. También depende de la forma de ser de cada uno. Hay gente que puede trabajar con tiempo, con paciencia, construyendo capas y matices. Yo, en cambio, necesito la inmediatez.
SP: Esa idea conecta directamente con algo esencial en tu discurso: el espíritu crítico como forma de conocimiento y también como forma de construirse. Encontrar una voz propia exige apartarse de etiquetas, de trayectorias prefabricadas y de lo que el sistema espera de ti.
Ana Juan: En el mundo del arte es más difícil, ¿no? Porque muchas veces el mundo necesita etiquetas para meterte en algún sitio. Y entonces, cuando tú vas a la tuya y vas estructurando y creando tu mundo, tu propio universo, el mundo tiene que aceptarlo.
SP: Tus comienzos fueron tempranos. Antes incluso de terminar Bellas Artes ya habías empezado a publicar. Primero llegaron las revistas, después la prensa y más tarde la prensa diaria.
Ana Juan: Sí, bueno, empecé ya en prensa. Antes de terminar Bellas Artes ya estaba publicando algunos dibujos, y después vine a Madrid. Empecé colaborando en revistas y luego pasé bastante rápido al periódico, a la prensa diaria. Lo primero que me encargaron fue la serie de Paco Umbral, La España Irracional. A partir de ahí empecé a trabajar en prensa. Y durante muchos años he estado vinculada a ella.
SP:En tu obra también hay una resonancia muy clara del mundo onírico, del surrealismo entendido no como estilo, sino como vía de acceso a otra lógica: la fábula, el sueño, lo ancestral, lo animal.
Ana Juan:Bueno, al final el surrealismo tiene mucho que ver con la fantasía, con la imaginación, con ir más allá de lo evidente. El otro día alguien me dijo, al ver la exposición, que era una fábula visual. En esa primera parte, además, los protagonistas son animales. Y, al tratarse de una fábula, evocaba también los alebrijes, esos seres que te acompañan en el tránsito entre la vida y la muerte, que están ahí para que no estés solo mientras te adaptas a esa otra forma de existencia.
Yo no voy a entrar en disquisiciones sobre si hay o no otra vida, pero sí puede existir esa conexión. Esos animales pueden tener la llave de nuestro yo onírico, de nuestros sueños. Y, claro, el surrealismo está muy ligado al mundo de los sueños, a toda esa representación animal, a algo más ancestral. Aunque tampoco todo el mundo sabe disfrutarlo, o no siempre puede hacerlo.
Y en esta exposición hay mucha gente que percibe algo más. Además, puse mucho empeño, y tuve que pelear bastante, para que no hubiera cartelas. No hay títulos, ni explicaciones, ni fechas, ni detalles. No hay nada.
SP: Para terminar, me gustaría dejar una pregunta inevitable: ¿qué consejo le darías a alguien que empieza hoy en este mundo y busca abrirse camino sin perderse por el trayecto?
Ana Juan: Pues lo que te he comentado antes: hay que intentar ser uno mismo e intentar descubrir de verdad qué es lo que quieres. No dejarse arrastrar por el mercado, por lo que se lleva, por las modas ni por nada de eso, sino guiarse por lo que uno realmente desea, aunque a veces sea más difícil. Nos va la vida en ello, completamente. Hay que ser felices. Porque, si no disfrutas con tu trabajo, ¿qué te queda? Nada. Te pasas la vida trabajando y, al final, no te queda nada.
En Wunderkammer, Ana Juan no ofrece respuestas tranquilizadoras ni mapas cerrados. Propone otra cosa: una experiencia de extrañeza, de memoria, de intuición. Un territorio donde el dibujo deja de ilustrar para convertirse en lenguaje propio, donde el caos deja huella y donde las imágenes todavía pueden actuar como espejo. En tiempos de saturación y ruido, su gesto resulta casi subversivo: devolverle al espectador el derecho a mirar, sentir y pensar por sí mismo.