SILENCIOS QUE NOS AGUARDAN

Por José Manuel Sanjuán

Durante nuestros paseos por el planeta Arte (galerías, estudios, talleres…), en ocasiones sentimos el impulso -quizá inevitable- de etiquetar las creaciones en base a ismos, escuelas, estilos o giros, y pasamos por alto una cuestión que puede parecer ingenua pero que en absoluto lo es: ¿Qué nos atrae de una imagen artística? ¿Quizá ese “no sé qué”, esa luz que el padre jesuita Bouhours atribuía al encanto de las personas, traspuesto al mundo del arte? O quizá sea que en toda imagen lo importante es lo que no se ve en ella, o que, mirando, algo se nos escapa, detalle que a veces detectamos por nuestra agudeza visual, pero también, como asegura Enrique Lynch, por el “error, la casualidad o la incertidumbre”.

 

 

 

 

 

Nos tienta la certeza de que esa incertidumbre sustancia la reciente individual de Walter Francia (Uruguay, 1956), puesto que en el discurso inaugural admitió “pensar que pinto lo que no se ve”. Intención, no obstante, alejada de todo ejercicio de solipsismo y proclive a una fusión sensorial entre el espectador y su obra, de ahí el título de la muestra, ‘Silencio compartido’, que abarca los dos espacios de la galería Nika, de Málaga, y comprende una cuidada selección de piezas de los últimos 25 años, a modo de antológica no declarada. Más conocido por su faceta pictórica, esta cita recupera su papel como autor multidisciplinar al reunir una treintena de obras, entre pinturas, fotografías, esculturas y un documental; una extensa carrera profesional que compagina en la actualidad con su eficaz labor como gestor de arte y comisario de exposiciones en la galería Nave 91, de Archidona (Málaga), donde posee taller y residencia.

 

Pero compartir el silencio y, por ende, trasladar a imágenes aquello que no se ve implica una consecución de renuncias formales y textuales, por lo que, de entrada, las obras carecen de título y predomina en ellas -al margen de la técnica o estilo- un lenguaje no figurativo para evitar asideros semánticos o narrativos. Por ello, recomendamos al espectador (y el propio artista lo aconsejaba en la inauguración) empezar el recorrido por la planta baja, viendo el documental de 15 min. #infinito, dirigido por el japonés Jos Mitsunada y grabado en el Museo Van Gogh de Ámsterdam, donde Walter Francia dialoga con neurólogos, músicos y críticos de arte sobre las posibles estrategias para aprehender lo invisible o insonoro, y su posterior definición plástica. Una de esas estrategias se certifica en las fotografías (situadas, no por casualidad, junto a la pantalla), sucesión de interiores industriales, desubicados, solitarios y anónimos; un laberinto de reflejos, verticales y escaleras sin principio ni fin.

 

Este tránsito conceptual continúa en las dos esculturas (más bien, escultopinturas) que se encuentran en la planta superior, junto a las pinturas de mediano y gran formato: la desazón fotográfica se torna reflexión constructiva mediante tramas geométricas e incluso orgánicas; maderas y resinas que indagan en distintos estratos, o niveles de percepción subjetiva. Territorios de la ambigüedad que confluyen, por último, en la obra pictórica: óleos y acrílicos que reflejan la levedad como problema compositivo y me atrevería a decir que ontológico. Superficies de envolvente cromatismo y tonalidades frías (azules, verdes), marcadas por contrapuntos visuales (franjas, modulaciones) o de elevado peso matérico (pigmentos, rejillas), pero siempre condicionadas a una luz que aflora o reverbera desde el interior, reflejo de aquélla, pálida y mate, de los pintores barrocos holandeses o de ésta, limpia y fúlgida, de los últimos luministas malagueños.

No lo olviden: si visitan esta magnífica exposición de Walter Francia (cosa que les recomiendo, porque, además, permanecerá en cartel hasta mediados de febrero) empiecen por la planta baja: sólo así podrán seguir el rastro de lo inasible.